Uno no se
levanta por las mañanas simplemente como cualquier mortal…
Al momento de abrir los ojos en la
cama, generalmente luego de un sueño entrecortado y sensible a los sonidos, se
enciende la mecha que da comienzo al infierno diario de tu psiquis inagotable.
Los primeros pensamientos que te invaden son los relacionados con el uso del
tiempo. Si sos afortunado, despertaste alrededor de las 17 hs, si no lo sos
tanto, a eso de las 20. Generalmente te lamentás de no haber “aprovechado” el
día, o tal vez con desgano finjas incomodidad en cuanto al hecho de no poder haber
visto siquiera al sol. Más profundamente, sabemos que son patrañas. No tenemos
la fuerza suficiente para levantarnos a enfrentar al mundo; y aún si la hubiésemos
tenido, no nos mueve ninguna motivación siquiera para respirar el aire de una
nueva fecha en el calendario, lo cual nos lleva a la segunda y más importante
idea que se te cruza por la cabeza sin ausentarse ni un solo día. Más que idea,
es una pregunta: “¿Por qué desperté?”. Es la clase de pregunta que uno se hace
en voz baja, ya que cuando uno despierta generalmente se encuentra algo
confundido; aún así, siempre está presente. El mayor anhelo verdaderamente es
no despertar, sea interpretado de las dos formas posibles: o vivir en los
sueños, o simplemente morir mientras uno duerme (¡Bendita sea esa posibilidad
con la cual uno muchas veces sueña hasta despierto, y antes de acotarse, por
supuesto!).
Después del pensamiento inicial,
viene lógicamente la razón por la cual uno no querría despertar. Recuerda ese
gran problema, la causa del hastío que tiene para con la vida, la raíz de la
apatía. “Oh Dios, no era un sueño.” Concluye. Y en efecto, “eso” esta ahí,
mirándote con sonrisa irónica, como saludando:
-
Hey,
saluda a tu verdugo de turno. -diría- Tranquilo, no te mataré ahora. Primero déjame
sacarte tiras de piel y arrancar tus uñas una por una. Luego veremos tu castigo
de hoy…
Maldito seas.
No te molestás siquiera en sacarte el pijama,
¿Para qué? Nadie vendrá a visitarte, y si lo hicieran no los atenderías. Tampoco
saldrás a la calle; de hecho perdiste la noción de cuándo fue la última vez que
cruzaste el umbral hacia el exterior. La mayor prueba de eso la notás en el
espejo mientras cepillás tus dientes: la palidez de tu rostro, que evidencia tu
reclusión, contrasta con tus ojeras violáceas de estudiante de ingeniería.
Tendrán unos… ¿qué, dos centímetros de diámetro? Te levantás la remera para
terminar de convencerte qué tan enfermiza te vez. Bingo. Esas costillas
demasiado notorias y tus cada vez más prominentes huesos de la cadera confirman
tu hipótesis de que tranquilamente en otra época hubieses podido bailar
Thriller junto a Michael Jackson, de hecho serías el zombie más realista…
faltaría el detalle de tu carne en descomposición pero eso habría sido un
detalle menor. Las raíces negras de diez centímetros en tu cabello con falta de
tintura, que en tiempos mejores había deslumbrado cual cabellera rojo vikingo,
sumadas al color cobre apagado del resto del largo, son la corona simbólica de
tu decadencia. Sonreís al pensar esto, mientras mirás los primeros signos de la
vejez aproximarse alrededor de las órbitas oculares y en las comisuras de los
labios. “Era bonita”, pensás con nostalgia… aunque no te percatás de que ese
“era” hace referencia a unos pocos meses atrás, tal vez cuatro o seís. Nada.
Vas a la cocina y abrís la heladera
automáticamente. No tenés hambre, pero el poco instinto de supervivencia que
está escondido en algún rincón de tu interior te dice que tenés que comer. Nada
en absoluto te da apetito, pero agarrás el sachet de leche. Tal vez mueras de
algo y pronto, pero no creo que sea por una estúpida y dolorosa fractura; por
lo tanto siempre es buena una dosis de calcio para prevenir ese tipo de cosas.
Sacás unas galletas de salvado de la alacena mientras distraídamente pensás “No
puedo creerlo, ¿qué tiene ella que no tenga yo? Además de su corte de lesbiana
y su actitud de Tomgirl, claro está”. Pero no encontrás la respuesta en tu
mente obtusa a esa pregunta que te hacés hace un año. “Si no la encontraste
hace un año, querida, es difícil que la encuentres bajo presión”, te dice una
voz más interna. Es cierto y lo sabés. Es cierto y te indigna. Y te enfurece. Y
te entristece. “Deberías haberlo hecho mientras tenías tiempo, pero no; solo te
dedicaste a dormir en tu lecho de rosas y a creer que nunca acabaría la
bonanza. Sí, muy maduro de tu parte” te decís, mirando hacia la nada y mientras
rueda una lágrima por tu mejilla. “BASTA, POR FAVOR!” gritás, mientras te
agarrás la cabeza y más lágrimas caen. Al cabo de unos instantes, te diste
cuenta que tu tono de voz fue más alto que de costumbre. No, no había nadie,
solo en sonido del noticiero de las 19 te acompaña. Solo ante el televisor
quedaste como una perturbada… por ahora.
