domingo, 22 de enero de 2012

Batalla

Es uno de esos días en los que uno se pregunta si está realmente donde debe estar, si pertenece a ese entorno que lo circuncida o solamente esta allí por capricho del destino, algún chiste de la naturaleza, o quizá mera casualidad, una funesta casualidad. Es paradójico para mí llegar a ese punto, ya que no creo en el destino ni en las casualidades. La naturaleza es sabia, dicen, pero en este punto no puedo encontrar ninguna conexión lógica entre mi ser, mi persona, mi esencia, con el contexto en que me tocó crecer y hasta el día de hoy, sobrevivir. O quizá tal vez esa sea la jugarreta de la Madre Natura: me está probando, pero particularmente se ensaña conmigo. No, no me creo un caso especial, soy conciente que se ensañó con muchos personajes que trascendieron por su faz, muchos reconocidos, otros completamente ignotos; algunos sortearon con mayor o menor éxito sus obstáculos, otros se rindieron y abandonaron el juego tempranamente, pero puedo asegurar que ninguno de ellos salió completamente ileso. Tal vez, uno al poder sortear el determinado obstáculo se siente victorioso, pero la realidad es que transitando por el camino duro, en el intento insistente, valga la redundancia, de atravesar ese Sahara propio, se pierde demasiado. Se compara a un soldado que va a batallar a una guerra: siempre va a sufrir algún daño, sea tanto físico como psicológico. El mismo ejemplo pero comparado desde otro punto de vista: hay un gran porcentaje de soldados que vuelven con daños físicos irreversibles, desde cicatrices perturbadoras (marcas indudables de la batalla; además de poco estéticas, traumáticas desde el punto de vista psicológico) hasta las más terribles mutilaciones de extremidades u otros órganos. En la batalla diaria es igual de duro; quizá no se note exteriormente y nadie se horrorice de cicatrices o amputaciones, pero en fin, es una lucha por la supervivencia que deja horribles cicatrices internas, y esta lucha tal vez tenga una mayor validez que una guerra armada. La guerra armada es por intereses políticos, económicos, de gloria o religiosos, ajenos completamente al bienestar de la población; sería extremadamente ingenuo por no decir completamente hipócrita hablar de patriotismo en la actualidad. La batalla por la supervivencia que le hacemos a la vida todos los días es por nosotros mismos, por nuestro bienestar psicológico, por superarnos, por querer hacer que nuestras opiniones tengan una validez y no sean intrascendentes en nuestro contexto; en resumen, por pertenecer a algún lugar, pero no me refiero con esto a la adecuación de nuestra esencia a un grupo o masa de personas, sino encontrar a gente con los mismos ideales, intereses, valores… nuestra verdadera familia como la pensamos nosotros, los desposeídos de una familia con todas las letras. Es curioso que utilice la expresión “batalla a la vida”. El común de la gente usaría la contraria “batalla a la muerte”, que quizá les quepa mejor para sus existencias conformistas y falazmente llenas. Mi batalla es contra la vida. Mi vida. La misma me declaró la guerra desde el momento en el que fui concebida.